viernes, 17 de julio de 2020

PRECIPITADOS HACIA EL CAMBIO DE PARADIGMAS

PREÁMBULO

En esta publicación es mi deseo hablar de un tema que me apasiona, la educación. La reflexión surge desde hace unos días, cuando empecé a apreciar el WiFi como una necesidad básica para participar en la sociedad. Parece extraordinariamente paradójico que durante las clases presenciales los docentes nos esforzamos por controlar el uso del celular durante las sesiones con la expresión: "no toma la clase quien tenga encendido su celular"; mas en estos momentos la situación nos lleva a afirmar: "no toma la clase quien NO tenga encendido su celular".
De tal manera que el mundo se enfrentará, en lo próximo, a severos cambios en lo que se refiere a la participación cultural debido a la participación de la tecnología.


PRECIPITADOS HACIA EL CAMBIO DE PARADIGMAS
Por: Luis Alfonso Osorno Montes, 17 de julio de 2020

Desde la segunda mitad del Siglo XX, la humanidad ha evolucionado significativamente con la aparición de la electrónica y los microcomponentes que además de haber contribuido a introducir en nuestros hogares diversos dispositivos como computadoras y televisores, se han acomodado en el centro de cambios culturales realmente significativos a poco más de medio siglo de su incorporación en nuestra vida cotidiana.

Las nuevas tecnologías han transformado nuestra cultura con la aparición de las Redes Sociales como los principales medios de divulgación de información, verás y no verás, a nivel mundial e instantáneamente. Las TIC han derribado las fronteras y han originado nuevas profesiones para trabajo desde casa, denominadas freelance (escritores, community manager, desarrollador web, etc.). Este tipo de transformaciones sociales han producido una realidad social en constante transformación, altamente flexible, con elevada demanda tecnológica y una particular forma de comunicar, aprender y vivir las experiencias y relaciones entre las generaciones más jóvenes.
De tal modo que los sistemas educativos no pueden mantenerse impávidos y deben afrontar los nuevos retos que esta realidad le presenta. Especialmente porque aún existe un sector altamente representativo de modelos educativos que aún funcionan con estructuras de hace más medio siglo; lo que empieza a ser evidente en los resultados de generaciones que no ven satisfechas sus demandas, ni son capaces de responder a las exigencias de un mercado laboral abierto, más competido y que exige paciencia para conquistar el éxito.

A partir de ahí las comunidades de aprendizaje en las universidades deben promover:
  • El aprendizaje autodidacta, en el que la mediación de un tutor, debe respetar las características individuales y permitir que cada estudiante se haga cargo de sus propios aprendizajes. Aportando en el desarrollo de la capacidad para seleccionar fuentes, debido a que los jóvenes de ahora no asisten a las bibliotecas para aprender, sino que “googlean” los términos, buscan “youtubers”, videos tutoriales o blogs confiables; lo que les lleva a prender por su cuenta a través de su conectividad por el internet.
  • La inclusión en ambientes digitales, en los que el aula se incorpore a la realidad que viven los docentes y los estudiantes a través de los smartphones que han venido a cambiar el paradigma y nuestras prácticas culturales; propiciando la conectividad todo el tiempo y el acceso a los medios digitales cada vez más imprescindibles. De tal modo que el ambiente de aprendizaje debe trascender a las cuatro paredes de un aula, para impartir educación de calidad y en consideración a la realidad actual de contenidos permanecen accesibles en cualquier hora, día y lugar.
  • La gamificación, para aprovechar los atractivos videojuegos con finalidad de reducir el “tedio educativo”. Los juegos más creativos desarrollan habilidades al proponer diversos caminos para resolver problemas, recrear y construir procesos del mundo real en un ambiente virtual.
En síntesis, ante las características de las nuevas generaciones, los sistemas educativos deben persistir en introducir las TICs con el objetivo de ofrecer contenidos actualizados y adaptarse a las características y necesidades de los estudiantes para colocarlo al centro del proceso educativo y conseguir su participación activa en la construcción de sus conocimientos.

jueves, 9 de julio de 2020

EL HOMBRE QUE ADIVINABA LA HORA

Saludos, la historia de hoy tiene una chispa extraordinaria. Me la contó una persona cercana en una sobremesa, acompañados por una pieza de pan y una taza de café. Al parecer se trata de una leyenda local respecto a lo que ocurrió en alguna ocasión en un pueblo encantador, muy bonito, con su parroquia y jardines llenos de luces hermosas desde el ocaso, inmersos en un ambiente que cautiva con su construcción colonial. Me refiero a Lagos de Moreno.

El Hombre que Adivinaba la Hora

Había una vez un establecimiento donde se vendían abarrotes a la sazón de la alegría y felicidad del hombre atendía a la clientela en aquel rústico poblado. Ese sujeto con chispa, que imagino algo rollizo y de edad avanzada, vestido con pantalones de mezclilla y guayaberas, gustaba de conversar con sus clientes y ofrecer a quien lo solicitase, la mayor de sus gracias… calcular la hora con absoluta precisión.

Ciertamente, este hombre tenía esa peculiaridad y se había convertido en un espectáculo. Si alguien le preguntaba la hora, el empezaba a levantar las manos, mover la cabeza, gesticular con los ojos y murmurar números. Tras unos segundos, estaba seguro y decía la hora exacta. Mas esta gracia no era como cuando estimamos la hora a partir de la posición del sol, la posición de las sombras o el recuento de las cosas que hicimos desde la última vez que vimos el reloj; se trataba de una declaración exacta, en horas y minutos, del momento en que le preguntaban y no fallaba.

La trascendencia del acto era tal que el hombre era conocido en todo el pueblo y era sujeto de varias teorías que la gente discutía en sus fiestas, charlas de café o reflexiones de borracheras, para explicar el truco. Los había desde quienes afirmaban que veía la hora a cada instante y que era bueno para contar los minutos; hasta los que afirmaban que había hecho algún pacto con el diablo y que los ademanes con sus brazos los hacía para invocar el poder de la brujería.

Un día, llevado por los rumores, llegó a la tienda un hombre que transpiraba curiosidad. Pasó a la tienda, seleccionó lo que iba a llevar y antes de salir se plantó delante del tendero y preguntó con voz serena; pues le inspiraba respeto aquel tendero:

–Disculpe, ¿qué hora es?

Al momento el tendero empezó su acostumbrado ritual, levantó sus manos a la altura de sus ojos, como si quisiera observar a lo lejos y después de unos segundo contestó con la hora exacta… y como de costumbre… no falló.

El visitante sacó de su bolsillo el reloj que llevaba y pudo confirmar por si mismo la exactitud del acto.

–Pero vaya, hombre, es cierto lo que dicen de Usted. Si es capaz de decir la hora exacta.

–Usted también podría si quisiera –replicó el tendero.

–Ja, ja… –rió el extranjero– no creo que con esa precisión. ¿Cómo es que lo hace Usted?
Al momento el tendero sonrió y le señaló a lo lejos, entre los árboles y más allá de algunas casas, un pequeño hueco en el paisaje que le permitía ver la torre del reloj de la parroquia.

–Pero vaya cosa… –expresó el visitante algo perplejo– así que así lo hace, ¿porqué nunca le ha dicho a nadie? ¿No sabe lo que la gente dice de Usted?

–Je, je, je... No me interesa mucho lo que dice la gente –replicó el tendero mientras continuaba acomodando sus abarrotes– y nunca antes nadie me había preguntado. Si me hubieran preguntado, yo les hubiera dicho.

Tras esto, el extranjero y el tendero sostuvieron una larga charla, sentados en dos tronquitos que el tendero tenía afuera de su establecimiento. Desde ahí observaron el ir y venir de la gente por la calle adoquinada, comentaron acerca de los lugares que valía la pena visitar, de las hermosas costumbres de la gente de aquel lugar y dicen… que a partir de ahí, continuaron hablándose como buenos amigos.