jueves, 9 de julio de 2020

EL HOMBRE QUE ADIVINABA LA HORA

Saludos, la historia de hoy tiene una chispa extraordinaria. Me la contó una persona cercana en una sobremesa, acompañados por una pieza de pan y una taza de café. Al parecer se trata de una leyenda local respecto a lo que ocurrió en alguna ocasión en un pueblo encantador, muy bonito, con su parroquia y jardines llenos de luces hermosas desde el ocaso, inmersos en un ambiente que cautiva con su construcción colonial. Me refiero a Lagos de Moreno.

El Hombre que Adivinaba la Hora

Había una vez un establecimiento donde se vendían abarrotes a la sazón de la alegría y felicidad del hombre atendía a la clientela en aquel rústico poblado. Ese sujeto con chispa, que imagino algo rollizo y de edad avanzada, vestido con pantalones de mezclilla y guayaberas, gustaba de conversar con sus clientes y ofrecer a quien lo solicitase, la mayor de sus gracias… calcular la hora con absoluta precisión.

Ciertamente, este hombre tenía esa peculiaridad y se había convertido en un espectáculo. Si alguien le preguntaba la hora, el empezaba a levantar las manos, mover la cabeza, gesticular con los ojos y murmurar números. Tras unos segundos, estaba seguro y decía la hora exacta. Mas esta gracia no era como cuando estimamos la hora a partir de la posición del sol, la posición de las sombras o el recuento de las cosas que hicimos desde la última vez que vimos el reloj; se trataba de una declaración exacta, en horas y minutos, del momento en que le preguntaban y no fallaba.

La trascendencia del acto era tal que el hombre era conocido en todo el pueblo y era sujeto de varias teorías que la gente discutía en sus fiestas, charlas de café o reflexiones de borracheras, para explicar el truco. Los había desde quienes afirmaban que veía la hora a cada instante y que era bueno para contar los minutos; hasta los que afirmaban que había hecho algún pacto con el diablo y que los ademanes con sus brazos los hacía para invocar el poder de la brujería.

Un día, llevado por los rumores, llegó a la tienda un hombre que transpiraba curiosidad. Pasó a la tienda, seleccionó lo que iba a llevar y antes de salir se plantó delante del tendero y preguntó con voz serena; pues le inspiraba respeto aquel tendero:

–Disculpe, ¿qué hora es?

Al momento el tendero empezó su acostumbrado ritual, levantó sus manos a la altura de sus ojos, como si quisiera observar a lo lejos y después de unos segundo contestó con la hora exacta… y como de costumbre… no falló.

El visitante sacó de su bolsillo el reloj que llevaba y pudo confirmar por si mismo la exactitud del acto.

–Pero vaya, hombre, es cierto lo que dicen de Usted. Si es capaz de decir la hora exacta.

–Usted también podría si quisiera –replicó el tendero.

–Ja, ja… –rió el extranjero– no creo que con esa precisión. ¿Cómo es que lo hace Usted?
Al momento el tendero sonrió y le señaló a lo lejos, entre los árboles y más allá de algunas casas, un pequeño hueco en el paisaje que le permitía ver la torre del reloj de la parroquia.

–Pero vaya cosa… –expresó el visitante algo perplejo– así que así lo hace, ¿porqué nunca le ha dicho a nadie? ¿No sabe lo que la gente dice de Usted?

–Je, je, je... No me interesa mucho lo que dice la gente –replicó el tendero mientras continuaba acomodando sus abarrotes– y nunca antes nadie me había preguntado. Si me hubieran preguntado, yo les hubiera dicho.

Tras esto, el extranjero y el tendero sostuvieron una larga charla, sentados en dos tronquitos que el tendero tenía afuera de su establecimiento. Desde ahí observaron el ir y venir de la gente por la calle adoquinada, comentaron acerca de los lugares que valía la pena visitar, de las hermosas costumbres de la gente de aquel lugar y dicen… que a partir de ahí, continuaron hablándose como buenos amigos.

2 comentarios:

  1. Bonita historia escrita que te hace recordar la esencia de los dimes y diretes de un pueblito mexicano y que al plasmarlo evita irse al olvido.

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