
PRELIMINAR
Este cuento lo escribí a mis 15 años de edad. Entonces deseaba de relatar acerca de las aventuras de un oso grizzly, pues en la prepa me apodaban “El Oso”, además de que, por aquellos años, había leído “El libro de las Tierras Vírgenes” de Rudyard Kipling y estaba muy impresionado y lleno de ideas semejantes.
Sobra decir que por muchos años lo tuve guardado. Pero ahora que ahora que he decidido publicarlo en este blog, me he dado cuenta de que trata más de la aventura del león… ¡JA!... es por ello que le he cambiado el nombre de “El Grizzly”, por que el encabeza esta nota.
No es el primer cuento que escribí, pero es un cuento al que le tengo un cariño muy especial, por que mi madre me ayudó a darle forma mientras lo platicábamos. Recuerdo que en aquel entonces para mí era como jugar a los muñecos, disfrutaba imaginando al oso, al león y a cada uno de los animales y sus voces en el bosque y el abrevadero… ¡Era fantástico! Espero que lo disfruten igual.
EL LEÓN DEL ABREVADERO
Por: Luis Alfonso Osorno Montes, 30 de abril de 2020
En las afueras de un rústico poblado, de aquellos que por las
mañanas solían oler a la tierra mojada de sus calles empedradas y
al delicioso aroma de las flores que se abren desde las ventanas con
los primeros rayos de luz que permiten apreciar los rojizos techos
cubiertos de teja, se encontraba instalado un circo. Era un circo
clásico, como los de aquel entonces, con el hombre fuerte, la mujer
barbuda, los trapecistas, los malabaristas y los payasos. Y como en
los circos de aquella época, donde estaba instalado podían verse
las tiendas, las carretas, los vagones y las jaulas con animales como
elefantes, tigres y jirafas.
Aquella
noche la tormenta inició cuando los hombres descansaban después de
la última función. Se anunció con la tersa brisa y el agua que
empezó a correr en arroyos delgados como hilos desde las montañas y
sin haberlo previsto, se volvió torrencial, con relámpagos que
rompían la negrura de la noche y vientos violentos que amenazaban
con arrancar las estacas, soltar las amarras y llevarse los toldos y
las lonas de las tiendas y la carpa.
Los
cirqueros reaccionaron al momento para ocuparse en mantener en pie el
campamento, mientras algunos animales se mostraban inquietos en sus
jaulas. Pero no el llamado Raska, un enorme león de tres metros de
largo y un metro y medio de altura, con una prominente melena y una
mirada fiera y penetrante. Este deambulaba de un extremo al otro de
su jaula, impaciente, aguardando el momento oportuno para dejar su
cautiverio como fiera colérica, resentida, hipócrita, arrogante,
nerviosa y bravucona, que se distinguía entre los relinchos,
bramidos, rugidos, ladridos, barritas y la gritería de las personas,
por mantenerse en silencio.
En
medio de ese desorden, poco antes de la madrugada, un poste cedió y
fue derribado por la fuerza del viento golpeando la jaula,
volteándola y permitiendo el escape de Raska, quien sin dudar se
perdió adentrándose en el bosque.
Casi
al amanecer Raska se encontró en lo más profundo del pacífico
bosque. Un lugar hermoso con clima fresco, verdes prados y un claro
cielo azul que se despejaba tras la tormenta y se iluminaba con la
luz del nuevo día; permitiendo que se avistara un río de aguas
cristalinas serpeando tranquilamente entre los altos árboles de
coníferas. Tras su paso por aquel lugar el león iba dejando
destrucción y muerte hasta que, cansado, se tumbó sobre la hierba
luego de mitigar su sed en el abrevadero, sin sospechar que era
observado desde lo alto por Tlamati, la imponente águila real, a
quien por su tenacidad, agilidad y velocidad, los habitantes del
bosque le llamaban Emperatriz del Aire.
La
inteligente Tlamati sabía que en tierra ella no mandaba; por lo que
voló presurosa a comunicar su hallazgo a Apsel. Un oso grizzly que
alcanzaba los tres metros al posarse sobre sus patas traseras y que
se distinguía por ser sabio, amable, educado, fuerte y noble; por
ello era reconocido como el Guardián del Bosque. Gracias a él todo
era paz, los animales convivían, se respetaban y obedecían la ley
de la naturaleza. Contribuían al equilibrio en el bosque y se sabían
importantes eslabones de la cadena de la vida.
–¡Aspel!
¡Aspel!–gritó la majestuosa Tlamati mientras descendía hasta
posarse sobre una gran roca junto al río– una extraña bestia esta
destruyendo y matando.
–Calma,
Tlamati, calma –declaró el oso mientras buscaba un buen salmón–
explícate.
–He
visto a una bestia enorme, parecida a Ocotzo, el jaguar, pero mucho
más grande, fiero y con una abundante melena. No sé de dónde
salió, pero le he observado atacar sin motivo, matar con agresividad
y no comer, afectando la tranquilidad de la región.
–¿Dónde
está esa bestia? –preguntó Aspel y en su voz se denotaba la
preocupación.
–Al
otro lado de la montaña, en el abrevadero… ¡Corre!… ¡Sólo tú
puedes detenerlo!
Al
momento, moviendo su pesada masa que sobrepasaba la media tonelada,
el grizzly abandonó su pesca y dijo –Voy lo más rápido que
puedo. Por favor, avisa a todos que habrá reunión en el abrevadero,
pídeles que no se acerquen para no encontrarse con esa bestia que no
mata para sobrevivir, sino para destruir.
–Tú
dile a Ocotzo, para que él avise a los tuyos –replicó el águila–
yo avisaré a los míos.
El
oso asintió mientras se apartaba corriendo.
Al
medio día, con el sol en el cenit, fueron apareciendo los animales
del bosque, uno a uno, para observar el abrevadero desde las ramas de
los árboles, la protección de los arbustos y la cubierta de la
hojarasca. La tensión creció cuando Raska, plantado sobre sus
patas, dejó escapar un impresionante rugido, que resonó hasta lo
más recóndito del bosque y se proclamó rey.
Por
un momento reinó el desconcierto, seguido de una ola de murmullos
que denotaba las reservas de los animales respecto a si aquel extraño
era más fuerte que Aspel y si es que sería necesario enfrentarlo
para expulsarlo del bosque. En aquel momento, con paso firme, el
pesado grizzly se aproximo al fiero león para hablar con él y se
levantó sobre sus patas traseras antes de dejar escuchar su potente
voz:
–¿Quién
eres tú? ¿Cómo te atreves a aterrorizar y matar? Yo soy Aspel y
estoy aquí para invitarte a respetar el derecho de todos a
permanecer en paz y respetar la cadena que nos une.
–¡Soy
Raska, Rey de la Selva! –rugió el león uniendo al acción a la
palabra con un gran salto para caer sobre Aspel, quien le recibió
con un fuerte manotazo que le hizo rodar sobre la hierba.
Entonces,
tras levantarse con tremebunda agilidad, quedaron de nuevo uno frente
al otro y se miraron midiéndose. El silencio invadió el lugar, los
animales no sabían qué pensar; es decir, conocían a Aspel, pero la
extraña bestia les infundía temor. Estaban tensos, desconcertados y
atemorizados.
En
eso Aspel fue el primero en romper el silencio abrumador:
–Raska,
creo que estás en el lugar equivocado, no sé como llegaste aquí,
pero aquí estás y si quieres permanecer en este lugar, tienes que
aprender a vivir de acuerdo a las leyes y normas del bosque. Te dices
rey y no procedes como un rey, no actúas con sabiduría, tus
acciones son como las de la bestia humana, el monstruo que asesina,
destruye, ensucia y se suicida; aquel que, al atentar contra la
naturaleza se extermina a sí mismo poco a poco.
–¿Cómo
te atreves a compararme con ese monstruo falto de intelecto? El
egoísta que acaba con la vida en ríos, lagos, montañas y valles,
ese necio creador de la nube negra… ¡Nunca animal alguno me había
insultado así!
–Con
tu actitud no estás dando mejor ejemplo que el hombre –argumentó
el grizzly con voz de trueno– tú eres como nosotros, pese a tu
descomunal grandeza. Y por lo mismo tal vez me mates si nos
enfrentamos, pero no podrás matarnos a todos. Así que te invito a
vivir aquí con respeto a la ley natural que nos une.
Raska
permaneció en silencio durante unos minutos, al igual que todos los
presentes. Desde su posición observaba a su oponente y al resto de
los animales que ya empezaban a salir de su escondite. Nadie hacía
ruido, no se oía ni un silbido, todos estaban a la expectativa. Durante los segundos de aquella incertidumbre el león recordaba sus años de libertad y luego los años
de cautiverio. De pronto comprendió y respetó al voluminoso oso que
le hablaba con tal sabiduría. Así que, respirando profundamente
contestó:
–En
mis años de cautiverio pude ver que no todos los hombres son malos.
Tomo la oportunidad que me ofreces de vivir aquí en paz. Esperemos
que el hombre también aproveche su oportunidad para vivir siguiendo las reglas de
la vida.
Al
momento como si se tratara de un acuerdo cada animal desapareció
entre la seguridad del bosque y en aquel abrevadero reinó la paz.
Estupendamente bello, me encantó
ResponderBorrarExcelente cuento, logró echar a volar mi imaginación, y aunque las imágenes son en blanco y negro, yo todo lo ví con bellos colores.
ResponderBorrarExcelente!!
ResponderBorrarLogró echar a volar mi imaginación, me remontó a mi niñez y me hizo ver imágenes bellas.
Gracias a todos por sus comentarios. En verdad significa mucho para mí que les haya gustado este cuento que valoro mucho.
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