¿Cómo
hacer posible lo imposible?
Por: Luis
Alfonso Osorno Montes
Mucho se dice respecto a la responsabilidad de las
instituciones educativas de contribuir con tecnología al desarrollo del sector
productivo del país. Sin embargo, aunque los institutos de educación
tecnológica y universidades han implementado diversas acciones para promover el
desarrollo tecnológico y de investigación -entre cursos, programas, ferias y
exposiciones-, la mayoría de las investigaciones que se realizan no dan lugar a
resultados patentables, ni recursos que se usen apreciablemente en la industria
nacional.
Tal realidad podría indicar que el apoyo
al sector productivo no está entre las prioridades de las instituciones
educativas, o bien, que el sector productivo no contribuye al financiamiento de
proyectos de investigación; porque no espera que se desarrolle tecnología y prefiere
comprarla en el mercado internacional. Por su parte, las empresas
trasnacionales desarrollan tecnología en sus propios países y traen a México
sólo la que necesitan aquí. Además, existe una marcada desvinculación entre las
instituciones educativas y el sector productivo; para cualquier asunto se
aparte de la formación de recursos humanos a través de la docencia.
De tal modo que, pese a los esfuerzos,
parece que las instituciones educativas transmiten el conocimiento generado en
otros países, en lugar de descubrir aquel que sea aplicable a las necesidades
locales a corto o mediano plazo; por lo que las acciones de investigación
ejecutadas no nos llevarán a una independencia tecnológica.
Ser incapaces de competir en el mercado
tecnológico internacional en grave y sus consecuencias se extienden a más que
comprar tecnología. Conlleva la comprar productos, fuga de talentos, incremento
de precios y pérdida del poder adquisitivo de los salarios. En otras palabras,
abre la puerta a la generación de empleos, pero sacrificando la soberanía.
El problema está en la visión, pues las
corporaciones invierten en el desarrollo tecnológico que incrementará la
competitividad de sus productos. Mientras que será tarea del gobierno, a través
de sus institutos de investigación y universidades, obtener productos y
servicios que ayuden a resolver los problemas de desempleo, pobreza, alto costo
de la energía, salud y contaminación.
Las instituciones educativas deben,
ciertamente, promover la transferencia de conocimientos, habilidades y
capacidades; pero, además, el deseo por descubrir tecnología e innovaciones. Les
conviene retirar de su comunidad académica la idea de que la investigación es
un proceso sufrido, mediante el cual, tras una serie de descalabros y
decepciones, se llega a tener éxito en un invento extraño que no soluciona más
que necesidades superfluas. Así podrán enfocarse las acciones orientadas al
desarrollo experimental y creativo; formando así, auténticos investigadores.
La meta radica en cambiar la perspectiva
de ofrecer a las industrias recursos humanos capaces de operar los recursos
tecnológicos; para ofrecer recursos humanos que además sean capaces de crear
infraestructura y tecnologías que, además de resolver necesidades sociales,
puedan comercializarse internacionalmente.
Si la educación apuesta por la formación
de personas cultas, ávidas de conocimiento, necesitadas de hacer, con un alto
grado de curiosidad y la disciplina que les permita completarse extra aulas,
será posible recuperar la esperanza. De modo que, en estos momentos de
incertidumbre, respecto a lo que acontece al sistema educativo y a la nación
mexicana, tenemos la posibilidad de analizar con objetividad las alternativas
existentes para dejar satisfechas exigencias económicas, políticas y sociales.
La apuesta por la educación debe iniciarse
en las familias, en sacar de su círculo de confort a aquellos padres que se
muestran indiferentes del plan de ciudadanos que la nación ha propuesto para
sus hijos y procurando que la información que se ofrece en las escuelas, se
convierta en formación en el interior de sus hogares. En consecución, el
magisterio debe prepararse, en torno a conocimientos, procedimientos y valores,
para convertirse en auténticos facilitadores de elementos de vida. Luego, si
unimos los esfuerzos a las responsabilidades de encontrar nuevos caminos de
desarrollo y brindar oportunidad a las nuevas ideas y a las mentes jóvenes,
será posible apreciar la mejora de las condiciones de vida de la sociedad.
Lo anterior, sin distinción de
instituciones del sector público o privado, lleva a la obligación de ampliar
los criterios, por parte del personal académico encargado de seleccionar y
promover las líneas de investigación, para apoyar los proyectos más
desafiantes, los más revolucionarios; aquellos que desafían los paradigmas y
aportan a la solución de problemas de forma sencilla, económica y eficaz;
aquellos que son capaces de hacer posible lo imposible y ayudarnos a recuperar
la esperanza.

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