¿Por
qué debemos adoptar la cultura de la investigación?
Por: Luis
Alfonso Osorno Montes
Actualmente vivimos en un mundo saturado de tecnología. En el
que es tan cotidiano encender el televisor y buscar un canal de nuestra
preferencia. Con frecuencia sujetamos un Smartphone para acceder a internet,
realizar una llamada telefónica, ingresar a redes sociales o simplemente pasar
un rato ameno inmersos en el mundo de los juegos de video. De hecho, el mundo
contemporáneo ha adoptado a tal punto estas tecnologías que pareciera que la
capacidad y posibilidades del equipo constituyeran un factor importante para el
prestigio de las personas. Al caminar por la calle observamos personas
observando pantallas. Y ya sea hablando o riendo “solos” ante un aparato, nuestra
necesidad de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) es tan grande que
nos resulta impensable vivir sin éstas herramientas.
Has de saber, sin ánimo de involucrarnos
demasiado con el debate antropológico, que este fenómeno ha ocurrido cada
ocasión que el hombre descubre algo que cambia la forma de vivir en el mundo. En
el mundo antiguo a los cazadores y guerreros discutían acerca de la mejor
manera de construir un arco y las características de una buena flecha. Además,
pasaban horas entrenando pretendiendo dominar el tiro. Era, en aquel contexto,
una experiencia similar a la de las familias, que en los años 60’s, sentían una
especial satisfacción al poseer un televisor para acomodarse alrededor el mismo
en las salas de sus casas.
Antaño en los restaurantes las personas
conversaban mirándose a los ojos y disfrutando de pasar un momento agradable
juntos. Hoy en día se encuentran cabizbajos, en posición reflexiva y en medio
de un silencio casi sepulcral, que sólo es interrumpido por una alegre melodía
que indica que la atención de esas personas rebasa a sus acompañantes y se
traslada kilómetros de distancia a donde se encuentran otros, igual de
abstraídos, con quien “chatean”.
Pero en esta ocasión la diferencia se
encuentra en el amplio abanico de posibilidades que abren las TICs. Pues se
distinguen, especialmente, por poner cualquier información a nuestro alcance en
cuestión de segundos. De tal manera que, hoy por hoy, tenemos más posibilidades
de aprender y comunicarnos de las que millones de personas, a través de la
historia de la humanidad, ni siquiera imaginaron. De ahí que parezca un tanto
triste que, con tantas posibilidades de conocimiento, el mejor empleo que
podamos encontrar para un Smartphone, una Tablet o una Laptop sea el mero
entretenimiento, la satisfacción del morbo o la resolución de dudas fugaces.
Pareciera que el “homo-ludens” que habita
en nosotros, como le llamó Huizinga, J. (1938), no nos permitiera progresar
intelectualmente, que no fuéramos capaces de encontrar el justo medio entre
nuestras necesidades, que somos incapaces de apreciar en el conocimiento una
necesidad o que el constante contacto con las gracias del mundo tecnológico que
hemos construido nos hace inmunes ante la curiosidad.
Con esto se condena el empleo lúdico de
las TICs. Sino que se hace un atento exhorto a emplearlas, además, para fines
de provecho intelectual. El conocimiento abre las puertas de la curiosidad y
estas, a su vez, las puertas de la inventiva. Lo único que se requiere es
acostumbrar nuestra mente a reflexionar, a cuestionar y a indagar con
disciplina.
Por lo general se asocia a la
investigación con el descubrimiento o invención de nuevas cosas. Y aunque esto
es cierto. No es lo único a lo que se le puede asociar. Investigar proporciona
elementos educativos para que las
personas educables puedan operar
cambios en su forma de enfrentar los problemas que se les presentan. Pues
enfrentarse a un problema, sin conocimiento conlleva estrés e incertidumbre.
El deseo por investigar se cultiva en
casa. Pues el deseo por investigar deriva del deseo de aprender. Una persona
que investiga es una persona preparada para progresar, para observar las
deficiencias en su entorno y, metódicamente, operar para mejorar su situación.
Por tanto, en una familia, una población o una nación, en las que sea propicio
el ambiente para el desarrollo de estas competencias, se apreciarán con
frecuencia cambios significativos es el estilo de vida.
Por tanto, nos urge en México cambiar el paradigma de que el investigador es un hombre de bata blanca metido entre un montón de botellas de vidrió albergadas en un laboratorio. El investigador es un hombre curioso; que ha aprendido a manejar su curiosidad con disciplina (para mantenerse en el camino del conocimiento), astucia (para encontrar nuevas alternativas) y creatividad (para proponer nuevas ideas). En sí, el investigador es aquel que sabe hacer “mexicanadas” con conocimiento y la intención de operar cambios positivos en su entorno. Es aquel que ama la tecnología, no sólo porque le proporciona confort y entretenimiento; sino porque le brinda la oportunidad se soñar y, en su oportunidad, actuar para generar nueva tecnología. Lo que es impensable e inimaginable, para todos aquellos que sólo vemos la vida pasar.

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